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Hasta pronto

Hasta pronto

Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

Cosas de la edad

foto: Fernando López / Cadenas
Cosas de la edad

Un hombre camina hacia una mujer por la acera. Con el arco tenso y la flecha en su sitio, Cupido aguarda detrás del arbusto el instante único en que sus corazones se solapen. Pero su pulso ya no es el mismo... Dispara, y la flecha va a dar al tronco de un cerezo, que en cuestión de horas, cubrirá con sus flores la avenida en pleno invierno.

Sobre ladrones y algún policía

foto: Fernando López / Sobre ladrones y algún policía
Policia

Nunca fue bueno; malicioso más bien. Su madre, la única persona que lo conoció, lo supo a los pocos días de nacido: algo extraño en la fijeza de su mirada, en la quietud de su cuerpo pequeño que se movía solo para lo indispensable. Pero ella lo dejó crecer, como quien deja crecer a una yerba mala en el patio: siguiendo los pequeños brotes de su maldad; maldad que se fue refinando con los años para destilarse toda en una amenaza solapada, un rumor malintencionado, una manera de sacar del camino a otro sin ser visto. Por eso no la sorprendió aquella tarde en que salió de su mutismo habitual para decirle que se haría policía.

Después de todo

foto: Fernando López / Después de todo
Después de todo

Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

Cenicienta posmoderna

foto: Fernando López / Cenicienta Posmoderna
Cenicienta Posmoderna

Apenas se puso los zapatos que le dio su madrina, se sintió distinta: era la primera vez que miraba el mundo desde esa altura; el mundo a sus pies... Taca, taca, taca. Y ese sonido que hacía al caminar, tan parecido a la importancia... Entonces decidió no ir a la fiesta; ¿para qué? ¿Darse todo ese trabajo para volver apurada antes de la medianoche arriesgándose a perder un zapato en la carrera? Ella ahora sabía lo lejos que podía llegar subida en ellos. Y se le fue el tiempo taconeando de aquí para allá frente a un espejo hasta que sonaron las doce.

Gabriela, lejos de Tácata

foto: Fernando López / Inspección
Inspeccion

El día que Gabriela se fugó de Tácata con un forastero, no se imaginó cómo terminaría al cabo de unos años. De haberlo siquiera sospechado, no hubiera salido furtiva y feliz de la mano de ese hombre que entre besos y requiebros, le ofreció un mundo mucho más ancho que las cuatro calles de su pueblo. Y ahora que está entre cuatro paredes en un barrio pobre, cargada de niños que alimentar, Tácata no es para ella el pueblo miserable de su infancia, sino un pueblo pintoresco con sus calles coloridas, su plaza sombreada por samanes, su río cristalino; un río al que ella va cada tarde (los pocos minutos que toma para descansar) a darse un baño dulce en aguas limpias, un baño del que sale renovada a pasearse por las calles, a sentarse en un banco de la plaza y mirar a su gente, a sentir esa vida simple, hasta que el bullicio del barrio o algún llanto la expulsa de su pequeño paraíso. En todos estos años, Gabriela no ha querido tomar el autobús y hacer el largo trayecto de vuelta a Tácata; elige recrearla cada tarde. Y elige bien.

Esa mujer

foto: Fernando López / Esa Mujer
Esa Mujer

-Yo soy esa mujer- se dijo con asombro al verla pasar. Una mezcla de dolor y extrañeza la invadió. Nunca se había pensado así: flaca, desvalida, y con esa expresión ausente en la mirada; como alguien que se sabe perdido para siempre. Desde el banco siguió sus pasos: tenía puesta una falda marrón (un color que jamás llevaría), y caminaba con paso firme, como quien sabe a donde va... Si no fuera por esa mirada, se diría que tenía un destino cierto. De pronto comenzó toda ella a palidecer, transparentándose a cada paso. Llegando a la esquina se esfumó, evaporada en el calor de la tarde.

Matrioskas

foto: Fernando López / matrioskas@pudential center
Matrioskas

Ellas eran muchas y hermosas, al punto que le era difícil decidir a cual mirar durante el sermón. Un sermón salpicado de cuentos e historias para mantenerlas cerca, atentas, con sus grandes ojos fijos en él. Y si bien no faltaba quien bostezara o se perdiera en pensamientos, el resto permanecía con él fuera del tiempo, siguiendo sus palabras y sus gestos hasta el final. Luego las veía partir, pensativo, preguntándose porqué, aun en los momentos más intensos, en los momentos en que ni siquiera parpadeaban, en los instantes en que se sentía dueño de cada una, siempre tuvo la impresión que hasta la más sincera y simple escondía algo dentro de ella. Entonces, se daba la vuelta y cerraba el portón murmurando -Ahh... mujeres!

La calle 6

Fernando López / Red VW @ Barcelona
Red Bw Barcelona

Ella lo había engañado: en una hojita le anotó unas señas falsas; las señas de un edificio que no existía en la calle 6. A cualquier otro le hubiera dicho -no- a secas, pero él era un muchacho que recién descubría el placer, y la miró con esos ojos deslumbrados que se parecen tanto a la inocencia; algo difícil de resistir. Pero lo que había empezado a molestarla no era su flaqueza de mujer madura, sino el sorprenderse los días siguientes a aquella noche asomada en el balcón, con el pretexto de un cigarrillo o del calor de la tarde, deseando verlo recorrer la calle de un lado a otro, con una hojita en las manos, como abatido; sí, verse a su edad, cuando se creía hermosa y distante, a cada rato en el balcón, recorriendo con la mirada la calle de un lado a otro, abatida, buscándolo.

Caperucita posmoderna

foto: Clara Ruiz / Hungry Bird
Hungry Bird

En esta versión, Caperucita toma su encargo y parte sin la expectativa de correr grandes aventuras; con desgano más bien, pues, aun siendo tan joven, ha visto mucho, o al menos, así lo cree, aunque sea justo decir que apenas ha salido de su casa. De ahí que elija el camino más corto, directo, y lo recorra completamente abstraída en sus pensamientos que fluyen uno tras otro como sus pies. Iba ella ausente hasta tal punto, que no le dio chance a nadie de abordarla; ni hablar entonces de que reparara en un árbol, un golpe de viento, alguna flor. Como era de esperarse, Caperucita hizo el viaje sin mayores contratiempos.