• Ella

    Ella le tenía miedo a las alturas. Un miedo razonable dado el increíble largo de sus piernas. Después de haber corrido y saltado en su niñez, tomó conciencia un día de que se había vuelto inusitadamente alta y empezó a tropezar torpemente y sin motivo, como una garza ciega. Con los años, sus pasos, antes largos y desenfadados, se volvieron cortos y medidos. Y ahí quedó, casi inmóvil sobre sus magníficas piernas; atrapada en la tela invisible que el tiempo fue tejiendo alrededor de ella.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Flying
  • Caminaba

    Caminaba por el parque con los libros bajo el brazo (como es mi costumbre); solo que esta vez sentía mi mente inusualmente acelerada. De pronto, toda la energía me abandonó en un instante y caí, como mi ropa cae en el piso cada noche. Mi cuerpo desconectado yacía de espaldas y yo era una presencia que mira a través del marco fijo de unos ojos abiertos. Al principio estaba tomado por la extraña sensación de ser inmóvil, y mi mente, habituada a ser obedecida, permanecía perpleja, como una gran señora despojada. Rendido ante la irrefutable evidencia de mi parálisis, permanecí arrinconado frente al marco de mis ojos, esperando...Y así pasaron días, hasta meses; lo supe por el color de las hojas y por ciertos cambios sutiles que percibí en la vida que había ido creciendo sobre mi cuerpo. Ya me estaba acostumbrando a la idea de mi exilio, cuando un fuerte corrientazo me estremeció. Lentamente me paré, me sacudí la tierra y seguí mi camino.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Altivo
  • Matrioskas

    Ellas eran muchas y hermosas, al punto que le era difícil decidir a cual mirar durante el sermón. Un sermón salpicado de cuentos e historias para mantenerlas cerca, atentas, con sus grandes ojos fijos en él. Y si bien no faltaba quien bostezara o se perdiera en pensamientos, el resto permanecía con él fuera del tiempo, siguiendo sus palabras y sus gestos hasta el final. Luego las veía partir, pensativo, preguntándose porqué, aun en los momentos más intensos, en los momentos en que ni siquiera parpadeaban, en los instantes en que se sentía dueño de cada una, siempre tuvo la impresión que hasta la más sincera y simple escondía algo dentro de ella. Entonces, se daba la vuelta y cerraba el portón murmurando -Ahh... mujeres!

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    Paz Absoluta 1
    foto: Fernando López / matrioskas@pudential center
  • Alba

    Si en vida nadie había creído en ella, no veía porqué habrían de hacerlo después de muerta; entonces decidió no interrumpir su rutina habitual. Luego de orar, se dedicaba a limpiar el antiguo convento: hoy los vidrios de los altos ventanales, mañana los corredores y pasillos, al otro día los baños... hasta que al final de la semana no quedaba un rincón que no hubiera sido frotado por los trapos y plumeros de Alba, que habituada desde siempre a no ser vista, no notó la extrañeza que producía el movimiento inexplicable de los muebles, la sacudida de las cortinas, los ruidos de sus manos invisibles. Al poco tiempo de su muerte, su nombre corría de boca en boca y se le atribuyeron los milagros cotidianos del brillo impecable de las cosas y la aparición de los objetos perdidos. Pero ella, absorta en el polvo y en las telarañas, se mantuvo ajena a su importancia mientras atendía, sin saberlo, a ruegos y oraciones en pequeños altares.

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    Paz Absoluta 1
    foto: Clara Ruiz / Peace
  • Un nuevo oficio

    Esteban era un fiel devoto, o al menos así lo creía desde que había descubierto lo bien que le sentaban la fresca penumbra y el silencio de la iglesia próxima. Entonces se dejó crecer una hermosa barba blanca a imagen y semejanza del santo del vitral, y sin nada mejor que hacer, se dispuso a aprender el oficio por su propia cuenta. Todas las tardes asistió a misa con tal atención que a los pocos meses la sabía de memoria y atendía diligentemente al servicio del altar. Pasó buena parte de sus años de solterón jubilado orando en los altares menores, vistiendo y desvistiendo santos, y limpiando reliquias, y su porte adquirió un aura de autoridad indiscutible, al punto que los fieles lo llamaban "padre Esteban". De ahí que nadie supo en qué momento comenzó a administrar los sacramentos con absoluta naturalidad apoyado por el nuevo e ingenuo cura que nunca cuestionó su magisterio.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Ascencion
  • El viaje de Penélope

    A su vuelta, Ulises no reconoció a su mujer. Y es que ella, en esa espera eterna en que conjuraba el tiempo deshaciendo en la noche la labor del día, iba tejiendo sin saberlo su propia historia. Ya no era entonces la mujer discreta que vivía a través de su amado; era una mujer madura en cuya mirada se percibía la fuerza de quien ha transitado los vastos reinos de la soledad.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Espera
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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