• Otoño

    Ese color no te sienta bien- le oyó decir. Ella se miró al espejo. Estaba vieja; con esa vejez que cae repentinamente como caen las hojas de otoño. Marrón, marrón sepia, marrón madera, marrón tierra era su vestido. Y entonces, por esos giros misteriosos de la mente, recordó el café que tenía servido en la cocina; cargado y humeante como le gustaba. Se alisó las arrugas de las mangas y, dejando su nuevo rostro olvidado en el espejo, se dio la vuelta.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Hacia La Fuente
  • La tía B

    Cada tarde de domingo me conmovía verla sentada al fondo del corredor de entrada al asilo; digna en su soledad. A simple vista se percibía la calidad de sus vestidos, hechos en otro tiempo en talleres de alta costura, haciendo juego con zapatos de tacón alto y carteras de cuero; siempre vacías. A veces la tomaba del brazo y caminábamos por los jardines mientras ella me hablaba de su gusto por la ópera o del día que Ernesto la sorprendió con aquel cachorro inolvidable dentro de una cesta blanca. Otras tardes atravesábamos el patio interior, entrábamos en la capilla y permanecíamos sentadas en largos silencios.
    Se murió prudentemente cuando ya no tenía otra prenda que empeñar para pagar la mensualidad del asilo donde las grandes señoras iban a pasar la vejez. Entonces yo, su única pariente, heredé un armario viejo lleno de tesoros inútiles como despojos de un naufragio antiguo.

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    Clara Ruiz / Herida
  • Un nuevo oficio

    Esteban era un fiel devoto, o al menos así lo creía desde que había descubierto lo bien que le sentaban la fresca penumbra y el silencio de la iglesia próxima. Entonces se dejó crecer una hermosa barba blanca a imagen y semejanza del santo del vitral, y sin nada mejor que hacer, se dispuso a aprender el oficio por su propia cuenta. Todas las tardes asistió a misa con tal atención que a los pocos meses la sabía de memoria y atendía diligentemente al servicio del altar. Pasó buena parte de sus años de solterón jubilado orando en los altares menores, vistiendo y desvistiendo santos, y limpiando reliquias, y su porte adquirió un aura de autoridad indiscutible, al punto que los fieles lo llamaban "padre Esteban". De ahí que nadie supo en qué momento comenzó a administrar los sacramentos con absoluta naturalidad apoyado por el nuevo e ingenuo cura que nunca cuestionó su magisterio.

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    Clara Ruiz / Ascencion
  • Cada mañana

    Sus manos blancas son lo único ágil que queda en ese cuerpo vencido. Y es bueno que así sea, porque de otro modo no podría preparar el té.
    Cada mañana, ya vestida, va al encuentro de una pequeña tetera de porcelana que hace juego con una taza blanca, como sus manos.
    Cada mañana, toma la tetera amorosamente, quita su tapa y deja escapar el aroma de muchas mañanas anteriores, más vivas...
    Dentro de la tetera pone las hojas de té, y la llena luego, poco a poco, con agua caliente. 
    Como quien viste a una novia, toma una bandeja redonda, la cubre con un pañuelo bordado, y coloca sobre ella la tetera y su taza.
    Camina lentamente hasta una ventana, pone la bandeja sobre una mesita, y se sienta. Encantada con los ruidos de su vajilla, sirve un té humeante, y con la taza en sus manos, descansa. Ella, su tetera y su taza frente a una ventana. Entonces, ya no es una, son tres viendo la vida pasar...

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    Clara Ruiz / Buscando A Dios
  • Yo y Borges

    Hace ya muchos años, paseando por una calle, cualquier calle, de Buenos Aires, me pareció ver a Borges sentado en un banco con el bastón entre las manos; como aguardando. Entonces yo, que era un muchacho pálido cargado de libros, una libreta, y una pluma, me quedé pasmado sin saber qué hacer; presintiendo que si me acercaba para decirle siquiera una frase sin importancia, se me trabaría la lengua sin remedio; mudo frente a un ciego: una imagen exasperante. Y pasmado seguí una eternidad, observándolo, sin dejar de preguntarme qué clase de figuraciones míticas y conjeturas extraordinarias ocurrían en su dimensión de sombras, hasta que al fin, como para librarme de ese trance, alguien cercano lo tomó del brazo y se alejaron caminando mientras el anciano dibujaba formas en el aire con su bastón; formas que yo era incapaz de ver.

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    Clara Ruiz / Burrito
  • Rapunzel posmoderna

    Cuando su madre se ausentaba -cosa que ocurría cada vez con más frecuencia-, Rapunzel, valiéndose de su pelo, se las arreglaba para descolgarse de la torre altísima y recorrer el mundo -al menos el que tenía a la vuelta de la esquina-. Durante algunos años, vagabundeó cuanto pudo, alucinada, con la voracidad del que despierta de un largo sueño. Entonces, no tardó en llegar el día en que esta joven, exhausta, miró con desgano hacia abajo, tomó la tijera, y cortó la increíble trenza para sellar irremediablemente su encierro. Se murió de hastío a los veintiún años.

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    Clara Ruiz / Ventana
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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