• Días más felices

    No se reconocieron muchos años después cuando se cruzaron en un café del centro. Ella se abría paso entre la gente para ser atendida. Él intentaba descifrar las proporciones exactas con que hacían un excelente "macchiato". Durante los segundos en que se miraron, él olvidó los secretos del mejor café del mundo; en su lugar, sintió un ligero vacío en el pecho parecido a la nostalgia; ella tuvo tan sólo un destello de días remotos, más felices. Pero a la voz de -¡quién sigue!- el bullicio se cerró sobre ellos. Él tomó en sus manos el vasito humeante y salió a la calle sin comprender muy bien porqué el café no tenía el mismo aroma, la tarde se había nublado y lo invadía la extraña sensación de haber perdido algo irremediablemente.

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    Paz Absoluta 1
    foto: Henry Byron / Ellos
  • El duelo

    La tarde que murió el viejo campanero no hubo toque de difuntos. Más aún: las campanas de la iglesia de San José decidieron enmudecer. Durante meses se hizo venir prodigiosas manos para persuadirlas a cumplir con su oficio, pero ellas se negaron a sonar; hombres diestros en repiques y clamores y en toques de variada índole fracasaron en su intento de moverlas. Desprovisto de la voz que marcaba las horas y los ritos, el pueblo terminó por perder la razón: confundían los días de la semana, se levantaban a deshora, se olvidaban de sus rezos y sus fiestas abandonando las almas y los muertos a su suerte, mientras ellas, en lo alto, se encerraron en su duelo indiferentes.

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    foto: Henry Byron / La mejor hora
  • La calle 6

    Ella lo había engañado: en una hojita le anotó unas señas falsas; las señas de un edificio que no existía en la calle 6. A cualquier otro le hubiera dicho -no- a secas, pero él era un muchacho que recién descubría el placer, y la miró con esos ojos deslumbrados que se parecen tanto a la inocencia; algo difícil de resistir. Pero lo que había empezado a molestarla no era su flaqueza de mujer madura, sino el sorprenderse los días siguientes a aquella noche asomada en el balcón, con el pretexto de un cigarrillo o del calor de la tarde, deseando verlo recorrer la calle de un lado a otro, con una hojita en las manos, como abatido; sí, verse a su edad, cuando se creía hermosa y distante, a cada rato en el balcón, recorriendo con la mirada la calle de un lado a otro, abatida, buscándolo.

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    Fernando López / Red VW @ Barcelona
  • Otoño

    Ese color no te sienta bien- le oyó decir. Ella se miró al espejo. Estaba vieja; con esa vejez que cae repentinamente como caen las hojas de otoño. Marrón, marrón sepia, marrón madera, marrón tierra era su vestido. Y entonces, por esos giros misteriosos de la mente, recordó el café que tenía servido en la cocina; cargado y humeante como le gustaba. Se alisó las arrugas de las mangas y, dejando su nuevo rostro olvidado en el espejo, se dio la vuelta.

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    Clara Ruiz / Hacia La Fuente
  • Alejandría

    Hacía años que había perdido todo interés en los otros. Su empresa era vasta: nueve mil libros repartidos sobre repisas de madera que cubrían las altas paredes de su estudio. En ese espacio repleto, sólo quedaba lugar para su escritorio, su vieja poltrona de lectura, y aquel adusto reloj de pie, obstinado en recordarle la vanidad de su empeño.

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    Clara Ruiz / Alejandria
  • Aura

    A sus cincuenta años, Aura sabía que no pertenecía a ese grupo de mujeres inquietas que era su familia. Ya había hecho grandes esfuerzos para ser asimilada y no había logrado estar a su altura. No era la suya una condición congénita; más bien el producto de un fuerte golpe en la cabeza que hizo volar los circuitos de su cerebro y la dejó suspendida en un limbo durante meses cuando era niña. Fueron necesarios el apoyo de las infatigables mujeres de su vida y el paso de los años, para rehacer los aprendizajes mínimos que le permitieran parecer normal. Habituada a ocupar lugares de relleno en la vida ajena, era común verla sentada en la sala entre la visita, asintiendo como quien sigue con interés la conversación, o repartiendo el guarapo de papelón con una sonrisa. Pero ella se sabía extraña, en especial desde que había descubierto su clara afinidad con Roberto, el loro que permanecía en la inmensa jaula del patio desde hacía meses. Descubrirse en la mirada lateral y fija de Roberto y en sus respuestas vacías de sentido, le causó gran alivio. Cansada de asistir a la vida de otros, un lunes de mayo se levantó, se fue directo a la jaula, se metió dentro y se encerró en ella, feliz con su primer acto de libertad.

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    Clara Ruiz / Curioseando
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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