• Eladio

    Eladio es un tipo normal y corriente, de esos que cada mañana cierran con doble llave la puerta de un apartamento, esperan el ascensor mientras arreglan su corbata, y una vez en planta, salen a una calle cualquiera de la ciudad para confundirse con otros muchos hombres vestidos con trajes grises que se dirigen, como él, a la estación de metro más cercana. Un tipo que además de trabajar nueve horas diarias en una compañía de corretaje, cree tener gustos muy particulares, como tomar oporto con una ralladura de limón, o comer un buen ceviche en un restaurancito peruano poco concurrido; un tipo que es aficionado a la fotografía y sale en sus tiempos libres a buscar buenas imágenes que atesora y que sueña con que el día menos pensado entregará el apartamento al banco y se irá con un equipaje ligero a recorrer el mundo. Eladio, ciertamente, es un tipo de lo más común; sólo que él no lo sabe.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Eladio
  • Un cuerpo seco

    Ella se fue; como se han ido otras tantas veces; como las muchas que se irán. A estas alturas sé, lógicamente, que no es extraordinario que se vayan. Al principio no lo notan; no sé...les parezco atractivo: -mi modo de caminar -dicen -algo despreocupado. Entonces todo va bien. Yo no hago nada por evitarlo, entre otras razones, porque sería inútil y porque violentaría el curso normal de las cosas. Más bien, me voy dejando querer. Pero esa distancia que me separa de todo y que al inicio las intriga, comienza a hacerse sentir en el modo que tengo de mirar más allá de ellas, atravesándolas sin angustia, supongo; o en mi falta de sueño; o, especialmente, quizás, en la temperatura uniforme de la piel, que no se altera. Así, inevitablemente llega una mañana, cualquier mañana, en que descubren la muerte en mis ojos y se van. Entonces vuelvo a decirme que soy yo el que tiene que irse, abandonar este cuerpo seco, olvidar la esperanza absurda de sentir algo: una caricia; el calor de un cuerpo cercano, tibio; una ráfaga de viento al menos.

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    Clara Ruiz / Sobreviviente
  • La casa

    Aquella casa "misteriosamente" tomada, no era, en modo alguno, inocente. Antigua, con los años había adquirido todos los vicios de la edad, volviéndose intolerante y caprichosa. Los dos hermanos y su discreta convivencia la exasperaban. Se cansó de guardar recuerdos ajenos, del aseo diario, del absurdo encierro, del zumbido constante de las agujas de Irene, de su rutina conventual. Así fue como, fingiendo ruidos y voces quedas, los ahuyentó, y una vez deshabitada, se abandonó a la ruina. El que los hermanos, personas de naturaleza simple, salieran sin siquiera sospechar de ella, no es de extrañar; pero haber engañado a Cortázar es toda una hazaña.

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    Clara Ruiz / Cuspide
  • Aquella tarde

    Cada tarde, al volver de la escuela, me quedaba en el taller de Luisa a mirarla trabajar la arcilla, pues mejor que jugar con mis muñecas, que saltar la cuerda con Juliana, o que comer mango bajo los árboles de la plaza, era ver cómo los milagros salían de aquellas manos. Después de amasar pacientemente un pedazo de arcilla, lo centraba en el torno, y al cabo de unas cuantas vueltas empezaban a surgir formas caprichosas; algunas estilizadas como jirafas, otras redondas y plácidas como mi abuela. Entonces, yo la ayudaba a hornearlas por horas...hasta que mi madre, resignada, iba por mí. La mejor tarde de mi infancia fue aquella en la que Luisa me dio una pequeña porción de arcilla para trabajarla, iniciándome así en el oficio.
    Un jueves, mi madre recogió mi ropa y me envió a la ciudad con los tíos, para -recibir una mejor educación -según dijo. Y aquí estoy, trabajando en el Departamento de Contabilidad de Sucre & Asociados, S.A., con el milagro que mis manos menudas realizaron esa tarde memorable como único adorno de una mesa repleta de números.

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    Clara Ruiz / Liberada
  • Rapunzel posmoderna

    Cuando su madre se ausentaba -cosa que ocurría cada vez con más frecuencia-, Rapunzel, valiéndose de su pelo, se las arreglaba para descolgarse de la torre altísima y recorrer el mundo -al menos el que tenía a la vuelta de la esquina-. Durante algunos años, vagabundeó cuanto pudo, alucinada, con la voracidad del que despierta de un largo sueño. Entonces, no tardó en llegar el día en que esta joven, exhausta, miró con desgano hacia abajo, tomó la tijera, y cortó la increíble trenza para sellar irremediablemente su encierro. Se murió de hastío a los veintiún años.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Ventana
  • Cosas de la edad

    Un hombre camina hacia una mujer por la acera. Con el arco tenso y la flecha en su sitio, Cupido aguarda detrás del arbusto el instante único en que sus corazones se solapen. Pero su pulso ya no es el mismo... Dispara, y la flecha va a dar al tronco de un cerezo, que en cuestión de horas, cubrirá con sus flores la avenida en pleno invierno.

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    foto: Fernando López / Cadenas
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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