• Un cuerpo seco

    Ella se fue; como se han ido otras tantas veces; como las muchas que se irán. A estas alturas sé, lógicamente, que no es extraordinario que se vayan. Al principio no lo notan; no sé...les parezco atractivo: -mi modo de caminar -dicen -algo despreocupado. Entonces todo va bien. Yo no hago nada por evitarlo, entre otras razones, porque sería inútil y porque violentaría el curso normal de las cosas. Más bien, me voy dejando querer. Pero esa distancia que me separa de todo y que al inicio las intriga, comienza a hacerse sentir en el modo que tengo de mirar más allá de ellas, atravesándolas sin angustia, supongo; o en mi falta de sueño; o, especialmente, quizás, en la temperatura uniforme de la piel, que no se altera. Así, inevitablemente llega una mañana, cualquier mañana, en que descubren la muerte en mis ojos y se van. Entonces vuelvo a decirme que soy yo el que tiene que irse, abandonar este cuerpo seco, olvidar la esperanza absurda de sentir algo: una caricia; el calor de un cuerpo cercano, tibio; una ráfaga de viento al menos.

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    Clara Ruiz / Sobreviviente
  • Cada mañana

    Sus manos blancas son lo único ágil que queda en ese cuerpo vencido. Y es bueno que así sea, porque de otro modo no podría preparar el té.
    Cada mañana, ya vestida, va al encuentro de una pequeña tetera de porcelana que hace juego con una taza blanca, como sus manos.
    Cada mañana, toma la tetera amorosamente, quita su tapa y deja escapar el aroma de muchas mañanas anteriores, más vivas...
    Dentro de la tetera pone las hojas de té, y la llena luego, poco a poco, con agua caliente. 
    Como quien viste a una novia, toma una bandeja redonda, la cubre con un pañuelo bordado, y coloca sobre ella la tetera y su taza.
    Camina lentamente hasta una ventana, pone la bandeja sobre una mesita, y se sienta. Encantada con los ruidos de su vajilla, sirve un té humeante, y con la taza en sus manos, descansa. Ella, su tetera y su taza frente a una ventana. Entonces, ya no es una, son tres viendo la vida pasar...

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    Clara Ruiz / Buscando A Dios
  • La casa

    Aquella casa "misteriosamente" tomada, no era, en modo alguno, inocente. Antigua, con los años había adquirido todos los vicios de la edad, volviéndose intolerante y caprichosa. Los dos hermanos y su discreta convivencia la exasperaban. Se cansó de guardar recuerdos ajenos, del aseo diario, del absurdo encierro, del zumbido constante de las agujas de Irene, de su rutina conventual. Así fue como, fingiendo ruidos y voces quedas, los ahuyentó, y una vez deshabitada, se abandonó a la ruina. El que los hermanos, personas de naturaleza simple, salieran sin siquiera sospechar de ella, no es de extrañar; pero haber engañado a Cortázar es toda una hazaña.

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    Clara Ruiz / Cuspide
  • Cenicienta posmoderna

    Apenas se puso los zapatos que le dio su madrina, se sintió distinta: era la primera vez que miraba el mundo desde esa altura; el mundo a sus pies... Taca, taca, taca. Y ese sonido que hacía al caminar, tan parecido a la importancia... Entonces decidió no ir a la fiesta; ¿para qué? ¿Darse todo ese trabajo para volver apurada antes de la medianoche arriesgándose a perder un zapato en la carrera? Ella ahora sabía lo lejos que podía llegar subida en ellos. Y se le fue el tiempo taconeando de aquí para allá frente a un espejo hasta que sonaron las doce.

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    foto: Fernando López / Cenicienta Posmoderna
  • El mismo sueño

    Al cabo de dos años soñando el mismo sueño (un sueño banal en el que era interrumpido en su lectura por un hombre que lo molestaba con comentarios sin importancia), Aurelio había agotado los recursos razonables para cambiar la suerte de sus noches, recursos que habían llegado al extremo de reubicar su sitio de lectura en lugares impropios o de disimular su apariencia con ropas y postizos. Vencido por este individuo que parecía no tener otro oficio que importunarlo, decidió de mala gana limitar sus ratos de lectura a la vigilia.

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    foto: Henry Byron / Recurrencia
  • Esa mujer

    -Yo soy esa mujer- se dijo con asombro al verla pasar. Una mezcla de dolor y extrañeza la invadió. Nunca se había pensado así: flaca, desvalida, y con esa expresión ausente en la mirada; como alguien que se sabe perdido para siempre. Desde el banco siguió sus pasos: tenía puesta una falda marrón (un color que jamás llevaría), y caminaba con paso firme, como quien sabe a donde va... Si no fuera por esa mirada, se diría que tenía un destino cierto. De pronto comenzó toda ella a palidecer, transparentándose a cada paso. Llegando a la esquina se esfumó, evaporada en el calor de la tarde.

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    foto: Fernando López / Esa Mujer
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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