• Después de todo

    Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

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    foto: Fernando López / Después de todo
  • Yo iba tranquilo

    Yo iba tranquilo, despreocupado. Caminaba de vuelta a la casa como camina uno a esa edad cuando se es alto y desenvuelto. La tarde era espléndida y tenía un viento de frente que despejaba mi cara. No pensaba; miraba. El cielo azul, el aire fresco y mi juventud...Yo iba tranquilo; iba feliz. Hasta que vi aquel pájaro pequeño de plumas azules y grises con un ala rota dando brinquitos, como un ángel caído.

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    Clara Ruiz / Interseccion
  • La tela de Penélope

    El haber sido delatada por una esclava infiel no fue lo que llevó a Penélope a terminar aquel sudario; fue el horror que le produjo comprender que al deshacer en la noche la labor del día, había dado con una de las fórmulas para burlar el tiempo, el cual, por leyes misteriosas, seguía la misma suerte de la tela.
    No era entonces el capricho de los dioses lo que le impedía a Ulises avanzar; eran las manos de su amada tejiendo y destejiendo eternamente.

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    Clara Ruiz / Atrapados
  • Visiones

    Hay visiones que detesto -se dijo cerrando violentamente la cortina con una mano deformada por la artritis, esa enfermedad que se ha depositado en sus rodillas, en su codo izquierdo, en sus manos y dedos, como lazos de hierro que la van sujetando a la silla de ruedas. Fuera de su ventana, la palmera indiferente danza enloquecida con el viento.

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    Clara Ruiz / A Traves
  • Ana en reposo

    Después de un día de intenso trabajo; un día de tacones altos, taller negro de seda, y reuniones importantes, ella vuelve a su casa anticipando el íntimo placer de desnudarse. Apenas llega, se sirve una copita para aflojar las tensiones frente al balcón. Diez... quince... veinte minutos dejándose mecer por el aroma de un buen Oporto y la voz de Louis Armstrong al fondo. Ya relajada, se quita los zapatos, se estira suavemente, y empieza a desvestirse sin apuro, dejando su ropa dispersa camino al baño. Y toda su inteligencia y sagacidad va cayendo, como su ropa, en cualquier parte. Frente a la tina, abre las llaves, deja correr el agua que emana un vapor cálido, suelta su pelo revolviéndolo con un rápido movimiento de cabeza, derrama sales y colonias, y se va sumergiendo... Entonces ya ella no es Ana, la mujer eficiente y desabrida de una gran corporación, sino una diosa en reposo que se baña en aguas perfumadas.

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    foto: Clara Ruíz / Ya regreso
  • La esfinge

    -No hay destino, tú decides cuando bajamos- decía mi padre cada mañana de sábado al iniciar nuestros paseos en autobús por Caracas. Entonces yo pegaba mi cara al vidrio de la ventana y empezaba una película muda, la misma, frente a mis ojos: árboles ausentes al bullicio, ancianos apacibles, mujeres conversando animadamente, kioscos repletos, vitrinas, letreros, edificios grises con balcones abiertos, terrazas desiertas, y, entre todas las imágenes, especialmente, aquella antigua puerta de madera a la sombra de un roble; cerrada, siempre cerrada; como una premonición. Por un tiempo me intrigaba. A mi paso, me erguía en el asiento con la esperanza de verla abierta; de ver a través de ella el espacio que tan celosamente guardaba. Pero el ritual duró años (o así me lo pareció) y yo fui creciendo. Su obstinado mutismo fue obrando en mí, pacientemente. Un buen día me di cuenta de que había dejado de interrogarla. Su silencio me venció sin mayores aspavientos.

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    Clara Ruiz / Endurecida
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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