• Alejandría

    Hacía años que había perdido todo interés en los otros. Su empresa era vasta: nueve mil libros repartidos sobre repisas de madera que cubrían las altas paredes de su estudio. En ese espacio repleto, sólo quedaba lugar para su escritorio, su vieja poltrona de lectura, y aquel adusto reloj de pie, obstinado en recordarle la vanidad de su empeño.

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    Clara Ruiz / Alejandria
  • Después de todo

    Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

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    foto: Fernando López / Después de todo
  • Visiones

    Hay visiones que detesto -se dijo cerrando violentamente la cortina con una mano deformada por la artritis, esa enfermedad que se ha depositado en sus rodillas, en su codo izquierdo, en sus manos y dedos, como lazos de hierro que la van sujetando a la silla de ruedas. Fuera de su ventana, la palmera indiferente danza enloquecida con el viento.

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    Clara Ruiz / A Traves
  • La esfinge

    -No hay destino, tú decides cuando bajamos- decía mi padre cada mañana de sábado al iniciar nuestros paseos en autobús por Caracas. Entonces yo pegaba mi cara al vidrio de la ventana y empezaba una película muda, la misma, frente a mis ojos: árboles ausentes al bullicio, ancianos apacibles, mujeres conversando animadamente, kioscos repletos, vitrinas, letreros, edificios grises con balcones abiertos, terrazas desiertas, y, entre todas las imágenes, especialmente, aquella antigua puerta de madera a la sombra de un roble; cerrada, siempre cerrada; como una premonición. Por un tiempo me intrigaba. A mi paso, me erguía en el asiento con la esperanza de verla abierta; de ver a través de ella el espacio que tan celosamente guardaba. Pero el ritual duró años (o así me lo pareció) y yo fui creciendo. Su obstinado mutismo fue obrando en mí, pacientemente. Un buen día me di cuenta de que había dejado de interrogarla. Su silencio me venció sin mayores aspavientos.

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    Clara Ruiz / Endurecida
  • El paso

    Estaba fijo en un paso. Fijo a la tierra que era su elemento. Su copa parecía olvidarlo cuando se mecía con el viento de la tarde. Entonces, mirado desde arriba, era un barco anclado sobre un mar ondulante. Barco viejo y resabiado, asido y feliz; veía pasar la vida eternamente creyendo que iba a alguna parte...

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    Clara Ruiz / El Paso
  • La casa

    Aquella casa "misteriosamente" tomada, no era, en modo alguno, inocente. Antigua, con los años había adquirido todos los vicios de la edad, volviéndose intolerante y caprichosa. Los dos hermanos y su discreta convivencia la exasperaban. Se cansó de guardar recuerdos ajenos, del aseo diario, del absurdo encierro, del zumbido constante de las agujas de Irene, de su rutina conventual. Así fue como, fingiendo ruidos y voces quedas, los ahuyentó, y una vez deshabitada, se abandonó a la ruina. El que los hermanos, personas de naturaleza simple, salieran sin siquiera sospechar de ella, no es de extrañar; pero haber engañado a Cortázar es toda una hazaña.

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    Clara Ruiz / Cuspide
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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