• Truhán

    Disfrazado de truhán, deambula por la calle aquella noche de carnaval. Con paso pendenciero y un tabaco en la boca, aspira revertir, al menos por esa noche, su irremediable tendencia a ser embaucado por las mujeres. No ha recorrido mucho, cuando ve que se acerca la mujer más hermosa que se ha visto en el pueblo. Sus ojos increíbles y rasgados lo miran fijamente detrás de un antifaz. Clavado en el sitio por aquella mirada, decide no abrir la boca convencido de que el tabaco tiene un rol determinante en ese encuentro. Envalentonado, la toma por las caderas y empiezan a bailar cadenciosamente. Su piel es suave como las plumas... Al poco rato, convencido de su truhanería y embriagado, la agarra por el cuello e intenta besarla. Entonces ella, con una rapidez inusitada, se sacude, se da la vuelta, y corre sobre dos patas largas. Atontado por la impresión, ve alejarse un penacho de plumas que abriendo dos grandes alas, echa a volar.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Imperial
  • Ella se fue

    Su partida no fue un hecho rápido, contundente; hubiera sido todo más fácil. Ocurrió más bien como un lento distanciamiento; como alguien que se va alejando hasta desdibujarse y desaparecer.
    Las primeras señales fueron cambios sutiles: el tono de su piel, por ejemplo, que comenzó a apagarse; o una extraña forma de fijar su mirada en lugares sin importancia. Con los días se volvió ligera, casi ingrávida, y sus silencios se prolongaron por horas. Podría decirse que fue creando el vacío antes de irse o que estaba ensayando la muerte. Toda ella se fue atenuando.
    Una tarde triste de abril, me miraron sus grandes ojos -que eran lo único cierto que quedaba en su cuerpo translúcido- y desapareció sin dejar rastro; tan sólo un olor suave que desde entonces, me sigue a todas partes.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Prayer
  • La calle 6

    Ella lo había engañado: en una hojita le anotó unas señas falsas; las señas de un edificio que no existía en la calle 6. A cualquier otro le hubiera dicho -no- a secas, pero él era un muchacho que recién descubría el placer, y la miró con esos ojos deslumbrados que se parecen tanto a la inocencia; algo difícil de resistir. Pero lo que había empezado a molestarla no era su flaqueza de mujer madura, sino el sorprenderse los días siguientes a aquella noche asomada en el balcón, con el pretexto de un cigarrillo o del calor de la tarde, deseando verlo recorrer la calle de un lado a otro, con una hojita en las manos, como abatido; sí, verse a su edad, cuando se creía hermosa y distante, a cada rato en el balcón, recorriendo con la mirada la calle de un lado a otro, abatida, buscándolo.

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    Paz Absoluta 1
    Fernando López / Red VW @ Barcelona
  • El duelo

    La tarde que murió el viejo campanero no hubo toque de difuntos. Más aún: las campanas de la iglesia de San José decidieron enmudecer. Durante meses se hizo venir prodigiosas manos para persuadirlas a cumplir con su oficio, pero ellas se negaron a sonar; hombres diestros en repiques y clamores y en toques de variada índole fracasaron en su intento de moverlas. Desprovisto de la voz que marcaba las horas y los ritos, el pueblo terminó por perder la razón: confundían los días de la semana, se levantaban a deshora, se olvidaban de sus rezos y sus fiestas abandonando las almas y los muertos a su suerte, mientras ellas, en lo alto, se encerraron en su duelo indiferentes.

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    foto: Henry Byron / La mejor hora
  • Caperucita posmoderna

    En esta versión, Caperucita toma su encargo y parte sin la expectativa de correr grandes aventuras; con desgano más bien, pues, aun siendo tan joven, ha visto mucho, o al menos, así lo cree, aunque sea justo decir que apenas ha salido de su casa. De ahí que elija el camino más corto, directo, y lo recorra completamente abstraída en sus pensamientos que fluyen uno tras otro como sus pies. Iba ella ausente hasta tal punto, que no le dio chance a nadie de abordarla; ni hablar entonces de que reparara en un árbol, un golpe de viento, alguna flor. Como era de esperarse, Caperucita hizo el viaje sin mayores contratiempos.

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    foto: Clara Ruiz / Hungry Bird
  • Rapunzel posmoderna

    Cuando su madre se ausentaba -cosa que ocurría cada vez con más frecuencia-, Rapunzel, valiéndose de su pelo, se las arreglaba para descolgarse de la torre altísima y recorrer el mundo -al menos el que tenía a la vuelta de la esquina-. Durante algunos años, vagabundeó cuanto pudo, alucinada, con la voracidad del que despierta de un largo sueño. Entonces, no tardó en llegar el día en que esta joven, exhausta, miró con desgano hacia abajo, tomó la tijera, y cortó la increíble trenza para sellar irremediablemente su encierro. Se murió de hastío a los veintiún años.

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    Clara Ruiz / Ventana
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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