• Un rostro ajeno en el espejo

    No era la casona de oscuros pasillos lo que más la disgustaba, ni la comida mal servida en una vajilla barata, ni el ser conducida de aquí para allá por una mujer ausente y fría como la muerte; tampoco el silencio opresivo de esa mansión poblada de presencias mudas, incapaces de verla, ni las paredes blancas, desnudas, como su mente; ni siquiera el saberse perdida para siempre en un punto de su historia; era el rostro ajeno y hostil que la miraba con insistencia cada mañana mientras la peinaban frente al espejo.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Fantasmas
  • Don Manuel

    Había dejado el alcohol hacía años, pero el hábito de deambular lo tendría hasta su muerte. Y si bien Don Manuel contaba con una casa decente, una mujer, hijos y nietos, cama y comida, él prefería la calle. Como esos pájaros negros que pasan las horas posados en el cableado de las avenidas o volando entre árboles y techos, iba Don Manuel ya encorvado por la edad, con su traje negro, sus zapatos de cuero, y su sombrero, sin rumbo fijo. Era común verlo caminando por las mañanas, con un vasito de café caliente entre las manos, por las calles del centro en circuitos improvisados; o en un banco de la plaza mirando la vida a su alrededor; o haciendo la siesta recostado en la escalinata de la catedral.
    Hasta aquí podría el lector -con esa necesidad que se tiene de explicarlo todo- caer en la tentación de pensar que Don Manuel, el pobre, no estaba cuerdo... Lo cierto es que este hombre, por años perdido en la mente delirante del alcohol, en un instante de increíble lucidez, había comprendido que no vagabundeaba porque tomaba sino que tomaba para vagabundear. Entonces, separó la botella unos centímetros de sus ojos, miró a través del vidrio el líquido transparente, vertió lo que quedaba en la alcantarilla próxima, y se puso a caminar entregado de lleno a su verdadera adicción.

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    Clara Ruiz / Traspies
  • El mismo sueño

    Al cabo de dos años soñando el mismo sueño (un sueño banal en el que era interrumpido en su lectura por un hombre que lo molestaba con comentarios sin importancia), Aurelio había agotado los recursos razonables para cambiar la suerte de sus noches, recursos que habían llegado al extremo de reubicar su sitio de lectura en lugares impropios o de disimular su apariencia con ropas y postizos. Vencido por este individuo que parecía no tener otro oficio que importunarlo, decidió de mala gana limitar sus ratos de lectura a la vigilia.

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    Paz Absoluta 1
    foto: Henry Byron / Recurrencia
  • Esa mujer

    -Yo soy esa mujer- se dijo con asombro al verla pasar. Una mezcla de dolor y extrañeza la invadió. Nunca se había pensado así: flaca, desvalida, y con esa expresión ausente en la mirada; como alguien que se sabe perdido para siempre. Desde el banco siguió sus pasos: tenía puesta una falda marrón (un color que jamás llevaría), y caminaba con paso firme, como quien sabe a donde va... Si no fuera por esa mirada, se diría que tenía un destino cierto. De pronto comenzó toda ella a palidecer, transparentándose a cada paso. Llegando a la esquina se esfumó, evaporada en el calor de la tarde.

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    foto: Fernando López / Esa Mujer
  • Caminaba

    Caminaba por el parque con los libros bajo el brazo (como es mi costumbre); solo que esta vez sentía mi mente inusualmente acelerada. De pronto, toda la energía me abandonó en un instante y caí, como mi ropa cae en el piso cada noche. Mi cuerpo desconectado yacía de espaldas y yo era una presencia que mira a través del marco fijo de unos ojos abiertos. Al principio estaba tomado por la extraña sensación de ser inmóvil, y mi mente, habituada a ser obedecida, permanecía perpleja, como una gran señora despojada. Rendido ante la irrefutable evidencia de mi parálisis, permanecí arrinconado frente al marco de mis ojos, esperando...Y así pasaron días, hasta meses; lo supe por el color de las hojas y por ciertos cambios sutiles que percibí en la vida que había ido creciendo sobre mi cuerpo. Ya me estaba acostumbrando a la idea de mi exilio, cuando un fuerte corrientazo me estremeció. Lentamente me paré, me sacudí la tierra y seguí mi camino.

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    Clara Ruiz / Altivo
  • La casa

    Aquella casa "misteriosamente" tomada, no era, en modo alguno, inocente. Antigua, con los años había adquirido todos los vicios de la edad, volviéndose intolerante y caprichosa. Los dos hermanos y su discreta convivencia la exasperaban. Se cansó de guardar recuerdos ajenos, del aseo diario, del absurdo encierro, del zumbido constante de las agujas de Irene, de su rutina conventual. Así fue como, fingiendo ruidos y voces quedas, los ahuyentó, y una vez deshabitada, se abandonó a la ruina. El que los hermanos, personas de naturaleza simple, salieran sin siquiera sospechar de ella, no es de extrañar; pero haber engañado a Cortázar es toda una hazaña.

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    Clara Ruiz / Cuspide
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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