• Un nuevo oficio

    Esteban era un fiel devoto, o al menos así lo creía desde que había descubierto lo bien que le sentaban la fresca penumbra y el silencio de la iglesia próxima. Entonces se dejó crecer una hermosa barba blanca a imagen y semejanza del santo del vitral, y sin nada mejor que hacer, se dispuso a aprender el oficio por su propia cuenta. Todas las tardes asistió a misa con tal atención que a los pocos meses la sabía de memoria y atendía diligentemente al servicio del altar. Pasó buena parte de sus años de solterón jubilado orando en los altares menores, vistiendo y desvistiendo santos, y limpiando reliquias, y su porte adquirió un aura de autoridad indiscutible, al punto que los fieles lo llamaban "padre Esteban". De ahí que nadie supo en qué momento comenzó a administrar los sacramentos con absoluta naturalidad apoyado por el nuevo e ingenuo cura que nunca cuestionó su magisterio.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Ascencion
  • Rogelia

    Una mañana de junio ella supo que perdería la memoria. Había notado ciertos olvidos, pero tener que mirar la loza sucia en el friegaplatos para saber si ya había comido era para alarmarse. Pasada la confusión, se encerró en su estudio y se dedicó a recordar. Con la ayuda de fotos, cartas, y escritos, fue tejiendo su historia sorprendida por la cantidad de detalles inútiles y de relaciones gratuitas registradas en su memoria: la historia de una mujer autoritaria habituada a los gestos de la importancia; una historia que ahora le parecía intrascendente. A los veintiún días salió de su encierro, echó todos los objetos para el recuerdo a la basura, y se dispuso a vivir desde las pausas y los silencios que fueron desarticulando su mundo hasta convertirla en una mujer sin pasado que redescubría con deleite el café con leche cada mañana y que se dejaba deslumbrar por el milagro trivial de las flores de su jardín.

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    Clara Ruiz / Reluciente
  • Alba

    Si en vida nadie había creído en ella, no veía porqué habrían de hacerlo después de muerta; entonces decidió no interrumpir su rutina habitual. Luego de orar, se dedicaba a limpiar el antiguo convento: hoy los vidrios de los altos ventanales, mañana los corredores y pasillos, al otro día los baños... hasta que al final de la semana no quedaba un rincón que no hubiera sido frotado por los trapos y plumeros de Alba, que habituada desde siempre a no ser vista, no notó la extrañeza que producía el movimiento inexplicable de los muebles, la sacudida de las cortinas, los ruidos de sus manos invisibles. Al poco tiempo de su muerte, su nombre corría de boca en boca y se le atribuyeron los milagros cotidianos del brillo impecable de las cosas y la aparición de los objetos perdidos. Pero ella, absorta en el polvo y en las telarañas, se mantuvo ajena a su importancia mientras atendía, sin saberlo, a ruegos y oraciones en pequeños altares.

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    foto: Clara Ruiz / Peace
  • La tía B

    Cada tarde de domingo me conmovía verla sentada al fondo del corredor de entrada al asilo; digna en su soledad. A simple vista se percibía la calidad de sus vestidos, hechos en otro tiempo en talleres de alta costura, haciendo juego con zapatos de tacón alto y carteras de cuero; siempre vacías. A veces la tomaba del brazo y caminábamos por los jardines mientras ella me hablaba de su gusto por la ópera o del día que Ernesto la sorprendió con aquel cachorro inolvidable dentro de una cesta blanca. Otras tardes atravesábamos el patio interior, entrábamos en la capilla y permanecíamos sentadas en largos silencios.
    Se murió prudentemente cuando ya no tenía otra prenda que empeñar para pagar la mensualidad del asilo donde las grandes señoras iban a pasar la vejez. Entonces yo, su única pariente, heredé un armario viejo lleno de tesoros inútiles como despojos de un naufragio antiguo.

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    Clara Ruiz / Herida
  • Garabatos

    Mi única defensa era escribir cada palabra que ellos decían, pero mi mano era lenta y floja y sus palabras volaban como aviones de papel por la habitación. Decidí continuar. Transcribía palabras sueltas, palabras que atrapaba; sabía bien que tenía que salir de ahí con una historia creíble. No se me ocurrió ni por un instante que a mi vuelta no tendría más que un montón de garabatos sin sentido; como la visión de un collar roto cuyas cuentas han estallado contra el piso. Fue así como paré en este asilo para locos desmemoriados condenada a buscar y ensartar recuerdos.

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    Clara Ruiz / Garabato
  • Matrioskas

    Ellas eran muchas y hermosas, al punto que le era difícil decidir a cual mirar durante el sermón. Un sermón salpicado de cuentos e historias para mantenerlas cerca, atentas, con sus grandes ojos fijos en él. Y si bien no faltaba quien bostezara o se perdiera en pensamientos, el resto permanecía con él fuera del tiempo, siguiendo sus palabras y sus gestos hasta el final. Luego las veía partir, pensativo, preguntándose porqué, aun en los momentos más intensos, en los momentos en que ni siquiera parpadeaban, en los instantes en que se sentía dueño de cada una, siempre tuvo la impresión que hasta la más sincera y simple escondía algo dentro de ella. Entonces, se daba la vuelta y cerraba el portón murmurando -Ahh... mujeres!

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    foto: Fernando López / matrioskas@pudential center
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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