• La esfinge

    -No hay destino, tú decides cuando bajamos- decía mi padre cada mañana de sábado al iniciar nuestros paseos en autobús por Caracas. Entonces yo pegaba mi cara al vidrio de la ventana y empezaba una película muda, la misma, frente a mis ojos: árboles ausentes al bullicio, ancianos apacibles, mujeres conversando animadamente, kioscos repletos, vitrinas, letreros, edificios grises con balcones abiertos, terrazas desiertas, y, entre todas las imágenes, especialmente, aquella antigua puerta de madera a la sombra de un roble; cerrada, siempre cerrada; como una premonición. Por un tiempo me intrigaba. A mi paso, me erguía en el asiento con la esperanza de verla abierta; de ver a través de ella el espacio que tan celosamente guardaba. Pero el ritual duró años (o así me lo pareció) y yo fui creciendo. Su obstinado mutismo fue obrando en mí, pacientemente. Un buen día me di cuenta de que había dejado de interrogarla. Su silencio me venció sin mayores aspavientos.

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    Clara Ruiz / Endurecida
  • Ana en reposo

    Después de un día de intenso trabajo; un día de tacones altos, taller negro de seda, y reuniones importantes, ella vuelve a su casa anticipando el íntimo placer de desnudarse. Apenas llega, se sirve una copita para aflojar las tensiones frente al balcón. Diez... quince... veinte minutos dejándose mecer por el aroma de un buen Oporto y la voz de Louis Armstrong al fondo. Ya relajada, se quita los zapatos, se estira suavemente, y empieza a desvestirse sin apuro, dejando su ropa dispersa camino al baño. Y toda su inteligencia y sagacidad va cayendo, como su ropa, en cualquier parte. Frente a la tina, abre las llaves, deja correr el agua que emana un vapor cálido, suelta su pelo revolviéndolo con un rápido movimiento de cabeza, derrama sales y colonias, y se va sumergiendo... Entonces ya ella no es Ana, la mujer eficiente y desabrida de una gran corporación, sino una diosa en reposo que se baña en aguas perfumadas.

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    foto: Clara Ruíz / Ya regreso
  • Ella

    Ella le tenía miedo a las alturas. Un miedo razonable dado el increíble largo de sus piernas. Después de haber corrido y saltado en su niñez, tomó conciencia un día de que se había vuelto inusitadamente alta y empezó a tropezar torpemente y sin motivo, como una garza ciega. Con los años, sus pasos, antes largos y desenfadados, se volvieron cortos y medidos. Y ahí quedó, casi inmóvil sobre sus magníficas piernas; atrapada en la tela invisible que el tiempo fue tejiendo alrededor de ella.

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    Clara Ruiz / Flying
  • Dos viejas conocidas

    Al verla sentada en el banco de la plaza vecina con la mirada fija en su ventana, Natividad supo que moriría esa tarde. Ya lo había intuído cuando en días pasados cientos de arañas menudas salieron de su costurero, o cuando despertó sobresaltada por aquel canto triste de la pajarita a medianoche; pero la presencia de la muerte en aquel banco a pleno día era una señal definitiva que esta vez debía atender. Eran viejas conocidas...Natividad, no se sabe con qué medios, la había burlado un sinnúmero de veces; mas, a su edad insólita, había presenciado la incesante repetición de los ciclos y estaba cansada. Sin embargo, se tomó su tiempo. Se dio un baño largo y caliente para mitigar el frío que empezaba a sentir en los labios; se vistió lentamente, escogiendo con atención cada prenda; recorrió agradecida los rincones de aquella casona; y casi alegre, salió a su encuentro en dirección a la plaza. Pero esta vez encontró sólo un banco vacío y el eco de una risa que se alejaba burlona.

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    Clara Ruiz / Dos Viejas Conocidas
  • La tía B

    Cada tarde de domingo me conmovía verla sentada al fondo del corredor de entrada al asilo; digna en su soledad. A simple vista se percibía la calidad de sus vestidos, hechos en otro tiempo en talleres de alta costura, haciendo juego con zapatos de tacón alto y carteras de cuero; siempre vacías. A veces la tomaba del brazo y caminábamos por los jardines mientras ella me hablaba de su gusto por la ópera o del día que Ernesto la sorprendió con aquel cachorro inolvidable dentro de una cesta blanca. Otras tardes atravesábamos el patio interior, entrábamos en la capilla y permanecíamos sentadas en largos silencios.
    Se murió prudentemente cuando ya no tenía otra prenda que empeñar para pagar la mensualidad del asilo donde las grandes señoras iban a pasar la vejez. Entonces yo, su única pariente, heredé un armario viejo lleno de tesoros inútiles como despojos de un naufragio antiguo.

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    Clara Ruiz / Herida
  • Un cuerpo seco

    Ella se fue; como se han ido otras tantas veces; como las muchas que se irán. A estas alturas sé, lógicamente, que no es extraordinario que se vayan. Al principio no lo notan; no sé...les parezco atractivo: -mi modo de caminar -dicen -algo despreocupado. Entonces todo va bien. Yo no hago nada por evitarlo, entre otras razones, porque sería inútil y porque violentaría el curso normal de las cosas. Más bien, me voy dejando querer. Pero esa distancia que me separa de todo y que al inicio las intriga, comienza a hacerse sentir en el modo que tengo de mirar más allá de ellas, atravesándolas sin angustia, supongo; o en mi falta de sueño; o, especialmente, quizás, en la temperatura uniforme de la piel, que no se altera. Así, inevitablemente llega una mañana, cualquier mañana, en que descubren la muerte en mis ojos y se van. Entonces vuelvo a decirme que soy yo el que tiene que irse, abandonar este cuerpo seco, olvidar la esperanza absurda de sentir algo: una caricia; el calor de un cuerpo cercano, tibio; una ráfaga de viento al menos.

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    Clara Ruiz / Sobreviviente
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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