• Caperucita posmoderna

    En esta versión, Caperucita toma su encargo y parte sin la expectativa de correr grandes aventuras; con desgano más bien, pues, aun siendo tan joven, ha visto mucho, o al menos, así lo cree, aunque sea justo decir que apenas ha salido de su casa. De ahí que elija el camino más corto, directo, y lo recorra completamente abstraída en sus pensamientos que fluyen uno tras otro como sus pies. Iba ella ausente hasta tal punto, que no le dio chance a nadie de abordarla; ni hablar entonces de que reparara en un árbol, un golpe de viento, alguna flor. Como era de esperarse, Caperucita hizo el viaje sin mayores contratiempos.

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    Paz Absoluta 1
    foto: Clara Ruiz / Hungry Bird
  • Después de todo

    Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

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    foto: Fernando López / Después de todo
  • La tía B

    Cada tarde de domingo me conmovía verla sentada al fondo del corredor de entrada al asilo; digna en su soledad. A simple vista se percibía la calidad de sus vestidos, hechos en otro tiempo en talleres de alta costura, haciendo juego con zapatos de tacón alto y carteras de cuero; siempre vacías. A veces la tomaba del brazo y caminábamos por los jardines mientras ella me hablaba de su gusto por la ópera o del día que Ernesto la sorprendió con aquel cachorro inolvidable dentro de una cesta blanca. Otras tardes atravesábamos el patio interior, entrábamos en la capilla y permanecíamos sentadas en largos silencios.
    Se murió prudentemente cuando ya no tenía otra prenda que empeñar para pagar la mensualidad del asilo donde las grandes señoras iban a pasar la vejez. Entonces yo, su única pariente, heredé un armario viejo lleno de tesoros inútiles como despojos de un naufragio antiguo.

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    Clara Ruiz / Herida
  • Un nuevo oficio

    Esteban era un fiel devoto, o al menos así lo creía desde que había descubierto lo bien que le sentaban la fresca penumbra y el silencio de la iglesia próxima. Entonces se dejó crecer una hermosa barba blanca a imagen y semejanza del santo del vitral, y sin nada mejor que hacer, se dispuso a aprender el oficio por su propia cuenta. Todas las tardes asistió a misa con tal atención que a los pocos meses la sabía de memoria y atendía diligentemente al servicio del altar. Pasó buena parte de sus años de solterón jubilado orando en los altares menores, vistiendo y desvistiendo santos, y limpiando reliquias, y su porte adquirió un aura de autoridad indiscutible, al punto que los fieles lo llamaban "padre Esteban". De ahí que nadie supo en qué momento comenzó a administrar los sacramentos con absoluta naturalidad apoyado por el nuevo e ingenuo cura que nunca cuestionó su magisterio.

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    Clara Ruiz / Ascencion
  • Sobre apariciones

    Más acá de la colina existe un cementerio; unas cuantas cruces torcidas y unas lápidas sin nombre es lo que queda de el, porque son muertos de otros tiempos; muertos olvidados. Por eso yo venía tranquilo hacia mi casa aquella noche de luna en la que, como de costumbre, tarareaba para sentir compañía y ahuyentar a las culebras; sólo que esta vez me callé de golpe para oír un gemido... un lamento de una tristeza tan honda que en lugar de hacerme correr de susto, se me metió en el cuerpo como un mal sueño. Entonces lo vi: era una presencia baja y jorobada como un cuervo antiguo y tenía la mirada de los seres perdidos; de los seres sin memoria. Incapaz de dejarlo en ese estado, me acerqué a él, lo tomé del brazo -por decirlo de alguna manera- y lo conduje hasta mi casa con la sensación extraña de estar empujando un cuerpo de aire denso y frío. No volvió a lamentarse, pero su triste condición fue invadiéndolo todo: los pájaros volaron a otros patios, los árboles botaron sus hojas, los colores empezaron a perderse en un gris indefinido. La vida se fue alejando... Ante el inminente contagio, una mañana de abril recogí unas pocas cosas, cerré la casa, corrí a la estación, y compré un boleto sin retorno.

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    foto: Clara Ruiz / Lo Que Queda
  • Matrioskas

    Ellas eran muchas y hermosas, al punto que le era difícil decidir a cual mirar durante el sermón. Un sermón salpicado de cuentos e historias para mantenerlas cerca, atentas, con sus grandes ojos fijos en él. Y si bien no faltaba quien bostezara o se perdiera en pensamientos, el resto permanecía con él fuera del tiempo, siguiendo sus palabras y sus gestos hasta el final. Luego las veía partir, pensativo, preguntándose porqué, aun en los momentos más intensos, en los momentos en que ni siquiera parpadeaban, en los instantes en que se sentía dueño de cada una, siempre tuvo la impresión que hasta la más sincera y simple escondía algo dentro de ella. Entonces, se daba la vuelta y cerraba el portón murmurando -Ahh... mujeres!

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    foto: Fernando López / matrioskas@pudential center
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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