• La tela de Penélope

    El haber sido delatada por una esclava infiel no fue lo que llevó a Penélope a terminar aquel sudario; fue el horror que le produjo comprender que al deshacer en la noche la labor del día, había dado con una de las fórmulas para burlar el tiempo, el cual, por leyes misteriosas, seguía la misma suerte de la tela.
    No era entonces el capricho de los dioses lo que le impedía a Ulises avanzar; eran las manos de su amada tejiendo y destejiendo eternamente.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Atrapados
  • Absorta

    Ese collar de perlas grises... redondas... da vueltas -tres al menos- alrededor de su cuello; de un gris intenso... casi plomo... como el cielo de aquella tarde de aguacero en que tuve que comprar un paraguas ridículo para volver caminando a mi casa empapada y triste porque él nunca llegó... Qué tiempos... era joven en una ciudad de provincia con experiencias de provincia... la experiencia de una noche con un par de amigas en un bar donde los mismos hombres de siempre -oficinistas de segunda categoría- nos miraban sin atreverse... una noche estéril en la que yo tomaba un trago extraño con sabor a café y a canela hasta que asumí muchos años después que no me gustaba el licor; tomo agua nada más, aunque el mesonero insiste en ofrecerme vino blanco y los demás en la mesa me miran con desconfianza mientras yo me pierdo la fiesta absorta de nuevo en ese collar soberbio de perlas grises...

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Collar
  • Yo y Borges

    Hace ya muchos años, paseando por una calle, cualquier calle, de Buenos Aires, me pareció ver a Borges sentado en un banco con el bastón entre las manos; como aguardando. Entonces yo, que era un muchacho pálido cargado de libros, una libreta, y una pluma, me quedé pasmado sin saber qué hacer; presintiendo que si me acercaba para decirle siquiera una frase sin importancia, se me trabaría la lengua sin remedio; mudo frente a un ciego: una imagen exasperante. Y pasmado seguí una eternidad, observándolo, sin dejar de preguntarme qué clase de figuraciones míticas y conjeturas extraordinarias ocurrían en su dimensión de sombras, hasta que al fin, como para librarme de ese trance, alguien cercano lo tomó del brazo y se alejaron caminando mientras el anciano dibujaba formas en el aire con su bastón; formas que yo era incapaz de ver.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Burrito
  • La mirada de Arsenio

    Mientras otros niños seguían el curso de la pelota o el vuelo del papagayo, él estaba extasiado frente a los reflejos multicolores de los cristales de la lámpara o descifrando la dirección del viento por el ir y venir de las hojas secas sobre el patio. Y si bien creció ausente de los grandes acontecimientos, su afición a fijar su mirada en lugares inverosímiles le dio acceso a un mundo de otra escala. Para Arsenio no había espacio vacío ni superficie homogénea; todo bullía de vida bajo la luz adecuada. Entonces se hizo fotógrafo. Y mientras otros vivían para el amor, para el trabajo, o para los hijos, él pasó la vida detrás del lente de una cámara, perdido en una dimensión paralela de infinita complejidad, que el resto, ocupado en sus asuntos, era incapaz de ver.

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Hanging In There
  • Cosas de la edad

    Un hombre camina hacia una mujer por la acera. Con el arco tenso y la flecha en su sitio, Cupido aguarda detrás del arbusto el instante único en que sus corazones se solapen. Pero su pulso ya no es el mismo... Dispara, y la flecha va a dar al tronco de un cerezo, que en cuestión de horas, cubrirá con sus flores la avenida en pleno invierno.

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    foto: Fernando López / Cadenas
  • Sobre apariciones

    Más acá de la colina existe un cementerio; unas cuantas cruces torcidas y unas lápidas sin nombre es lo que queda de el, porque son muertos de otros tiempos; muertos olvidados. Por eso yo venía tranquilo hacia mi casa aquella noche de luna en la que, como de costumbre, tarareaba para sentir compañía y ahuyentar a las culebras; sólo que esta vez me callé de golpe para oír un gemido... un lamento de una tristeza tan honda que en lugar de hacerme correr de susto, se me metió en el cuerpo como un mal sueño. Entonces lo vi: era una presencia baja y jorobada como un cuervo antiguo y tenía la mirada de los seres perdidos; de los seres sin memoria. Incapaz de dejarlo en ese estado, me acerqué a él, lo tomé del brazo -por decirlo de alguna manera- y lo conduje hasta mi casa con la sensación extraña de estar empujando un cuerpo de aire denso y frío. No volvió a lamentarse, pero su triste condición fue invadiéndolo todo: los pájaros volaron a otros patios, los árboles botaron sus hojas, los colores empezaron a perderse en un gris indefinido. La vida se fue alejando... Ante el inminente contagio, una mañana de abril recogí unas pocas cosas, cerré la casa, corrí a la estación, y compré un boleto sin retorno.

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    foto: Clara Ruiz / Lo Que Queda
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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