• Cada mañana

    Sus manos blancas son lo único ágil que queda en ese cuerpo vencido. Y es bueno que así sea, porque de otro modo no podría preparar el té.
    Cada mañana, ya vestida, va al encuentro de una pequeña tetera de porcelana que hace juego con una taza blanca, como sus manos.
    Cada mañana, toma la tetera amorosamente, quita su tapa y deja escapar el aroma de muchas mañanas anteriores, más vivas...
    Dentro de la tetera pone las hojas de té, y la llena luego, poco a poco, con agua caliente. 
    Como quien viste a una novia, toma una bandeja redonda, la cubre con un pañuelo bordado, y coloca sobre ella la tetera y su taza.
    Camina lentamente hasta una ventana, pone la bandeja sobre una mesita, y se sienta. Encantada con los ruidos de su vajilla, sirve un té humeante, y con la taza en sus manos, descansa. Ella, su tetera y su taza frente a una ventana. Entonces, ya no es una, son tres viendo la vida pasar...

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / Buscando A Dios
  • Caminaba

    Caminaba por el parque con los libros bajo el brazo (como es mi costumbre); solo que esta vez sentía mi mente inusualmente acelerada. De pronto, toda la energía me abandonó en un instante y caí, como mi ropa cae en el piso cada noche. Mi cuerpo desconectado yacía de espaldas y yo era una presencia que mira a través del marco fijo de unos ojos abiertos. Al principio estaba tomado por la extraña sensación de ser inmóvil, y mi mente, habituada a ser obedecida, permanecía perpleja, como una gran señora despojada. Rendido ante la irrefutable evidencia de mi parálisis, permanecí arrinconado frente al marco de mis ojos, esperando...Y así pasaron días, hasta meses; lo supe por el color de las hojas y por ciertos cambios sutiles que percibí en la vida que había ido creciendo sobre mi cuerpo. Ya me estaba acostumbrando a la idea de mi exilio, cuando un fuerte corrientazo me estremeció. Lentamente me paré, me sacudí la tierra y seguí mi camino.

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    Clara Ruiz / Altivo
  • El paso

    Estaba fijo en un paso. Fijo a la tierra que era su elemento. Su copa parecía olvidarlo cuando se mecía con el viento de la tarde. Entonces, mirado desde arriba, era un barco anclado sobre un mar ondulante. Barco viejo y resabiado, asido y feliz; veía pasar la vida eternamente creyendo que iba a alguna parte...

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    Clara Ruiz / El Paso
  • Absorta

    Ese collar de perlas grises... redondas... da vueltas -tres al menos- alrededor de su cuello; de un gris intenso... casi plomo... como el cielo de aquella tarde de aguacero en que tuve que comprar un paraguas ridículo para volver caminando a mi casa empapada y triste porque él nunca llegó... Qué tiempos... era joven en una ciudad de provincia con experiencias de provincia... la experiencia de una noche con un par de amigas en un bar donde los mismos hombres de siempre -oficinistas de segunda categoría- nos miraban sin atreverse... una noche estéril en la que yo tomaba un trago extraño con sabor a café y a canela hasta que asumí muchos años después que no me gustaba el licor; tomo agua nada más, aunque el mesonero insiste en ofrecerme vino blanco y los demás en la mesa me miran con desconfianza mientras yo me pierdo la fiesta absorta de nuevo en ese collar soberbio de perlas grises...

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    Clara Ruiz / Collar
  • Una tarde cualquiera

    Está cautiva en un cuerpo viejo que ha decidido echarse a morir. No hay dolor; se va muriendo a pedazos. En cambio su mente, lúcida y despierta, no se reconoce en esa ruina. Una mente que sabe, por ejemplo, que están por llegar las lluvias y no se han reparado las goteras de la sala; sabe cuando las arepas se queman en el budare por ese olor particular de la masa tostada; sabe que afuera los helechos se mueren de sed... Y ella ahí, en medio de esos dos tiranos, con la mirada fija frente a su cama, en un reloj de pared que se detuvo hace meses y permanece varado a las 2:15 de una tarde cualquiera.

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    Clara Ruiz / Fachada
  • Ana en reposo

    Después de un día de intenso trabajo; un día de tacones altos, taller negro de seda, y reuniones importantes, ella vuelve a su casa anticipando el íntimo placer de desnudarse. Apenas llega, se sirve una copita para aflojar las tensiones frente al balcón. Diez... quince... veinte minutos dejándose mecer por el aroma de un buen Oporto y la voz de Louis Armstrong al fondo. Ya relajada, se quita los zapatos, se estira suavemente, y empieza a desvestirse sin apuro, dejando su ropa dispersa camino al baño. Y toda su inteligencia y sagacidad va cayendo, como su ropa, en cualquier parte. Frente a la tina, abre las llaves, deja correr el agua que emana un vapor cálido, suelta su pelo revolviéndolo con un rápido movimiento de cabeza, derrama sales y colonias, y se va sumergiendo... Entonces ya ella no es Ana, la mujer eficiente y desabrida de una gran corporación, sino una diosa en reposo que se baña en aguas perfumadas.

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    foto: Clara Ruíz / Ya regreso
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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