• El paso

    Estaba fijo en un paso. Fijo a la tierra que era su elemento. Su copa parecía olvidarlo cuando se mecía con el viento de la tarde. Entonces, mirado desde arriba, era un barco anclado sobre un mar ondulante. Barco viejo y resabiado, asido y feliz; veía pasar la vida eternamente creyendo que iba a alguna parte...

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    Paz Absoluta 1
    Clara Ruiz / El Paso
  • Dos viejas conocidas

    Al verla sentada en el banco de la plaza vecina con la mirada fija en su ventana, Natividad supo que moriría esa tarde. Ya lo había intuído cuando en días pasados cientos de arañas menudas salieron de su costurero, o cuando despertó sobresaltada por aquel canto triste de la pajarita a medianoche; pero la presencia de la muerte en aquel banco a pleno día era una señal definitiva que esta vez debía atender. Eran viejas conocidas...Natividad, no se sabe con qué medios, la había burlado un sinnúmero de veces; mas, a su edad insólita, había presenciado la incesante repetición de los ciclos y estaba cansada. Sin embargo, se tomó su tiempo. Se dio un baño largo y caliente para mitigar el frío que empezaba a sentir en los labios; se vistió lentamente, escogiendo con atención cada prenda; recorrió agradecida los rincones de aquella casona; y casi alegre, salió a su encuentro en dirección a la plaza. Pero esta vez encontró sólo un banco vacío y el eco de una risa que se alejaba burlona.

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    Clara Ruiz / Dos Viejas Conocidas
  • Un cuerpo seco

    Ella se fue; como se han ido otras tantas veces; como las muchas que se irán. A estas alturas sé, lógicamente, que no es extraordinario que se vayan. Al principio no lo notan; no sé...les parezco atractivo: -mi modo de caminar -dicen -algo despreocupado. Entonces todo va bien. Yo no hago nada por evitarlo, entre otras razones, porque sería inútil y porque violentaría el curso normal de las cosas. Más bien, me voy dejando querer. Pero esa distancia que me separa de todo y que al inicio las intriga, comienza a hacerse sentir en el modo que tengo de mirar más allá de ellas, atravesándolas sin angustia, supongo; o en mi falta de sueño; o, especialmente, quizás, en la temperatura uniforme de la piel, que no se altera. Así, inevitablemente llega una mañana, cualquier mañana, en que descubren la muerte en mis ojos y se van. Entonces vuelvo a decirme que soy yo el que tiene que irse, abandonar este cuerpo seco, olvidar la esperanza absurda de sentir algo: una caricia; el calor de un cuerpo cercano, tibio; una ráfaga de viento al menos.

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    Clara Ruiz / Sobreviviente
  • Otoño

    Ese color no te sienta bien- le oyó decir. Ella se miró al espejo. Estaba vieja; con esa vejez que cae repentinamente como caen las hojas de otoño. Marrón, marrón sepia, marrón madera, marrón tierra era su vestido. Y entonces, por esos giros misteriosos de la mente, recordó el café que tenía servido en la cocina; cargado y humeante como le gustaba. Se alisó las arrugas de las mangas y, dejando su nuevo rostro olvidado en el espejo, se dio la vuelta.

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    Clara Ruiz / Hacia La Fuente
  • Después de todo

    Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

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    foto: Fernando López / Después de todo
  • Ana en reposo

    Después de un día de intenso trabajo; un día de tacones altos, taller negro de seda, y reuniones importantes, ella vuelve a su casa anticipando el íntimo placer de desnudarse. Apenas llega, se sirve una copita para aflojar las tensiones frente al balcón. Diez... quince... veinte minutos dejándose mecer por el aroma de un buen Oporto y la voz de Louis Armstrong al fondo. Ya relajada, se quita los zapatos, se estira suavemente, y empieza a desvestirse sin apuro, dejando su ropa dispersa camino al baño. Y toda su inteligencia y sagacidad va cayendo, como su ropa, en cualquier parte. Frente a la tina, abre las llaves, deja correr el agua que emana un vapor cálido, suelta su pelo revolviéndolo con un rápido movimiento de cabeza, derrama sales y colonias, y se va sumergiendo... Entonces ya ella no es Ana, la mujer eficiente y desabrida de una gran corporación, sino una diosa en reposo que se baña en aguas perfumadas.

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    foto: Clara Ruíz / Ya regreso
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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