• Dos viejas conocidas

    Al verla sentada en el banco de la plaza vecina con la mirada fija en su ventana, Natividad supo que moriría esa tarde. Ya lo había intuído cuando en días pasados cientos de arañas menudas salieron de su costurero, o cuando despertó sobresaltada por aquel canto triste de la pajarita a medianoche; pero la presencia de la muerte en aquel banco a pleno día era una señal definitiva que esta vez debía atender. Eran viejas conocidas...Natividad, no se sabe con qué medios, la había burlado un sinnúmero de veces; mas, a su edad insólita, había presenciado la incesante repetición de los ciclos y estaba cansada. Sin embargo, se tomó su tiempo. Se dio un baño largo y caliente para mitigar el frío que empezaba a sentir en los labios; se vistió lentamente, escogiendo con atención cada prenda; recorrió agradecida los rincones de aquella casona; y casi alegre, salió a su encuentro en dirección a la plaza. Pero esta vez encontró sólo un banco vacío y el eco de una risa que se alejaba burlona.

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    Clara Ruiz / Dos Viejas Conocidas
  • Rogelia

    Una mañana de junio ella supo que perdería la memoria. Había notado ciertos olvidos, pero tener que mirar la loza sucia en el friegaplatos para saber si ya había comido era para alarmarse. Pasada la confusión, se encerró en su estudio y se dedicó a recordar. Con la ayuda de fotos, cartas, y escritos, fue tejiendo su historia sorprendida por la cantidad de detalles inútiles y de relaciones gratuitas registradas en su memoria: la historia de una mujer autoritaria habituada a los gestos de la importancia; una historia que ahora le parecía intrascendente. A los veintiún días salió de su encierro, echó todos los objetos para el recuerdo a la basura, y se dispuso a vivir desde las pausas y los silencios que fueron desarticulando su mundo hasta convertirla en una mujer sin pasado que redescubría con deleite el café con leche cada mañana y que se dejaba deslumbrar por el milagro trivial de las flores de su jardín.

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    Clara Ruiz / Reluciente
  • Absorta

    Ese collar de perlas grises... redondas... da vueltas -tres al menos- alrededor de su cuello; de un gris intenso... casi plomo... como el cielo de aquella tarde de aguacero en que tuve que comprar un paraguas ridículo para volver caminando a mi casa empapada y triste porque él nunca llegó... Qué tiempos... era joven en una ciudad de provincia con experiencias de provincia... la experiencia de una noche con un par de amigas en un bar donde los mismos hombres de siempre -oficinistas de segunda categoría- nos miraban sin atreverse... una noche estéril en la que yo tomaba un trago extraño con sabor a café y a canela hasta que asumí muchos años después que no me gustaba el licor; tomo agua nada más, aunque el mesonero insiste en ofrecerme vino blanco y los demás en la mesa me miran con desconfianza mientras yo me pierdo la fiesta absorta de nuevo en ese collar soberbio de perlas grises...

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    Clara Ruiz / Collar
  • Alfonsina Storni

    En esta versión, Alfonsina no muere arrullada por el canto de las caracolas, como han fantaseado muchos; ni ahogada en un mar indiferente y tumultuoso. En esta versión Alfonsina desaparece sin dejar rastro. Todo lo demás fue el pretexto para huir de los fantasmas que la atormentaron siempre. En esta versión, Alfonsina muere vieja y sola en un pueblo perdido de Suiza, muy lejos del oscuro mar. Incapaces de aceptar su abandono, la recrearon desde la nostalgia de muchas maneras, una de las cuales permanece bañada por el viento de Mar del Plata, absorta en una vista magnífica al borde de un risco.

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    foto: Clara Ruiz / Paz Absoluta
  • Visiones

    Hay visiones que detesto -se dijo cerrando violentamente la cortina con una mano deformada por la artritis, esa enfermedad que se ha depositado en sus rodillas, en su codo izquierdo, en sus manos y dedos, como lazos de hierro que la van sujetando a la silla de ruedas. Fuera de su ventana, la palmera indiferente danza enloquecida con el viento.

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    Clara Ruiz / A Traves
  • Aquella tarde

    Cada tarde, al volver de la escuela, me quedaba en el taller de Luisa a mirarla trabajar la arcilla, pues mejor que jugar con mis muñecas, que saltar la cuerda con Juliana, o que comer mango bajo los árboles de la plaza, era ver cómo los milagros salían de aquellas manos. Después de amasar pacientemente un pedazo de arcilla, lo centraba en el torno, y al cabo de unas cuantas vueltas empezaban a surgir formas caprichosas; algunas estilizadas como jirafas, otras redondas y plácidas como mi abuela. Entonces, yo la ayudaba a hornearlas por horas...hasta que mi madre, resignada, iba por mí. La mejor tarde de mi infancia fue aquella en la que Luisa me dio una pequeña porción de arcilla para trabajarla, iniciándome así en el oficio.
    Un jueves, mi madre recogió mi ropa y me envió a la ciudad con los tíos, para -recibir una mejor educación -según dijo. Y aquí estoy, trabajando en el Departamento de Contabilidad de Sucre & Asociados, S.A., con el milagro que mis manos menudas realizaron esa tarde memorable como único adorno de una mesa repleta de números.

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    Clara Ruiz / Liberada
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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